sábado, abril 11, 2015

Paráfrasis de saltos y pasajes



En aquel tiempo había una mujer que había decidido no llorar más. Dios quiso que el corazón se le endureciera.
Apareció la bronca con su báculo y le pegaba enojos a través de frases hechas y silencios incómodos pero ella no dejó que saliera el llanto.
Posteriormente vino la ansiedad, y en plena oscuridad le nacía el día.  Pero ella no lo dejó ir (al llanto). Entonces pisó  un trapo, resbaló y cayó de espaldas porque  atrás está todo lo que se deja y ella seguía anclada en el pasado, y se fracturó el brazo. Aún así no se conmovió su corazón.
Luego vino la angustia que le trajo recuerdos de otros días y ella no dejó salir al llanto. Y las cervicales se le pusieron rígidas como la imagen de un dios pagano.
Pronto vino la tristeza que le susurró otro nombre por las noches, pero ella se mantenía firme, con el corazón apretado.
Luego vino el desconsuelo, que la hizo pensar en los sueños no alcanzados, en hogares sin gente, en niños sin padres, pero ella no dejó que saliera el llanto.
Después surgió el remordimiento por no haber hecho todo lo suficiente, se le venían los verbos en subjuntivo y condicionales, pero al fin tanta sintaxis robusteció su corazón y el llanto no podía salir a realizar sus ofrendas.
En seguida vino la autocompasión que la indultó de los errores cometidos porque no hay que arrepentirse de nada, todo se hizo en un tiempo y en un contexto, y ella endureció su corazón y le cobró más tributos al llanto. 
Llegó la preocupación a empujarla del brazo libre, mas ella no quería escuchar y otra vez endureció su corazón. ¿Acaso no están bien en su lugar las lágrimas?
No faltó la irritación, ese estado de enojo constante dentro de sus intestinos, y aunque todo se le retorcía en el vientre, y vio sangre, continuó a endurecer su corazón. Y el llanto esclavizado se ponía amargo más no por eso más endeble. 
Hasta que una noche se levantó polvo, y un viento intenso vino a revolver la tierra y el cielo, y  hubo tormenta y ruidos extraños, y picazón y ardor y el ojo izquierdo se llenó de los pedazos de piedra que el corazón ya no podía contener más.
Y se enrojeció y contagió al derecho porque no es bueno que un ojo esté solo, y el ojo vino a lagrimear a contrapelo del antojo, y la conjuntiva se hizo colorada como sangre, y bichos de todo tipo como piojos y langostas saltaban en los párpados y vino la sequía y los colirios no alcanzaban.
Entonces un ángel fuerte mató su deseo primogénito porque ella no sabía que había que hacer marcas en la puerta.
Recién entonces convino ella a liberar su llanto
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