martes, febrero 18, 2014

Página en construcción

Cierro los ojos.  Visualizo. En esta ola de calor, la imagen se nubla, foto que se añeja.

No veo nada.
Los padres y los hijos se hunden entre la ropa limpia y los sueños se enmascaran tahúres en susurros desde páginas de libros.
Es un juego el caos de la casa, un pequeño universo controlado. En la puerta de entrada elijo abandonar el mundo hirviente.

En el cerebro, sin embargo, se agolpan las violentas tragedias, las históricas, que se escriben desde la memoria de los tiempos, generación en generación. Aunque ya no retenga los nombres familiares, me quedan los hechos. Complejos destinos tuvieron los perseguidos, apellidos cambiados, cruces virulentos de fronteras. Van dentro de mi sangre.
También los pequeños dramas cotidianos: la plata que no alcanza a fin de mes, el llamado trunco del que parecía conocido y ahora es apenas un extraño, el desborde de papeles con letras que se precipitan en filas como hormigas. Y los que duelen, duelen, duelen.

Sé muy bien lo quiero.
Una paz que descienda hacia mí, que mitigue la angustia reincidente de lágrimas, que siembre esperanza en este edificio derribado.

Una plegaria.

Aunque sea un poco tarde.

 

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