martes, febrero 22, 2005

La Magdalena

Yo lavé sus pies con mis cabellos en rizos
y el perfume que llevaba en el vaso de alabastro.

El sacó de mí
siete demonios carmines de mi cuerpo
siete serpientes que ataban mi cintura
a la manzana.

Impacto fue la benevolencia
de la resurrección de mi hermano
como un cristal vibrante
temblé al ver tanto prodigio.

Frente a la cruz permanecí en su agonía
Como hojas secas
su sangre cayendo en la trampa de la brisa.
El bello rostro moreno
desplegaba el otoño en la mirada.

Y el domingo
sorprendida ante su sepulcro abierto
oí su voz llamándome
María, María
y caí frente al sonido
otra vez –como aquel día primero-
avergonzada.

Hoy me viene el recuerdo
de esas noches de tibieza compartidas.
Ningún evangelio relata los cuerpos en penumbra
los olores eslabones de suspiros.
Un hombre destinado a hacerse dios
no tiene sexo
sólo una vida escrita para la entrega pública.

Si lo amé acaso
ya no importa.
El me amó
con la frenética pasión de los hombres solitarios
-aquellos que saben que han venido
no a contemplar el cielo
sino a crearlo-


Ahora el tiempo
es un apacible infinito que lleva su nombre.

1 comentario:

divannimolotov dijo...

Muy bueno relato poema, me recuerda el Phistis Sophia o Sabiduria de la Magdalena. Saludos a 11 años de su edición. Abrazos Myriam R.
PD: Ayer estuve leyendo el poemario de tu autoría que me enviaste: El Alfabeto de los Pasos. Abrazos Amiga.