miércoles, enero 25, 2012

un texto de Angela Pradelli


(Moisés recibiendo las Tablas de la Ley- Marc Chagall)


La lectura enlaza la memoria con el instante del puro presente; une los tiempos de los textos, todos diferentes, con el modo más inmediato en que vivimos la vida de cada día. Cada jornada renovamos la acción milenaria de leer.

Enlazar la lectura con el presente sugiere llegar hasta el primer lector de la humanidad para conocer la matriz de la lectura. Ese lector habita en nuestros modos de leer y en la marca que la lectura deja en el desciframiento de la herida del mundo, en la comprensión del sentido de los signos.

Quién es el primer lector de la Biblia, el libro de los libros en el que se escribió la historia de la humanidad y en el que se contaron ya todas las historias. De las tres religiones monoteístas, dos de ellas, leen sus propias vidas en ese libro sagrado, que es historia y simbolismo al mismo tiempo.
En Exodo, Dios llama a Moisés para que suba al monte Sinaí y lo designa como único lector de las tablas.

Claro que hubo lectura y escritura antes de Moisés, pero para él escribe Dios por primera vez, y es a él a quien por primera vez hace leer y escribir al dictado de su palabra.

Moisés, que había sido educado en la corte, sabía leer y escribir pero tenía problemas de tartamudez y por eso se sorprende cuando Dios lo elige, cuestiona la elección divina porque lo angustia: “Yo soy torpe de palabra” dice, “Yo soy torpe de lengua”. Pero finalmente acepta, sube al monte y pasa cuarenta días con sus noches leyendo las tablas en soledad. Cuando regresa al campamento y ve el becerro que habían mandado a construir los israelitas se enfurece con ellos y rompe las tablas. Pero en seguida Dios se presenta de nuevo a Moisés y le ordena: “Labra dos tablas de piedra como las primeras, sube donde mí, al monte y yo escribiré en las tablas las palabras que había en las primeras tablas que rompiste”.

Y aunque Dios le dice a Moisés, que él mismo reescribirá las palabras sobre las tablas, más adelante le ordena que escriba esta segunda versión. “Dijo Yahveh a Moisés: ‘Consigna por escrito estas palabras, pues a tenor de ellas hago alianza contigo y con Israel. Moisés estuvo allí con Yahveh cuarenta días y cuarenta noches, sin comer pan ni beber agua. Y escribió en las tablas las palabras de la alianza, las diez palabras’”. (Ex. 34, 27-28). La escena de Moisés lector y escritor fortalece la alegoría en el sentido de que funde lectura y escritura en un mismo gesto de un único acto.

En el medievalismo, el aprendizaje de la lectura se celebraba con carácter de rito iniciático. La celebración de los iniciados en la lectura siempre se realizaba durante la fiesta de Pentecostés, fiesta que recuerda los cincuenta días de la aparición de Dios en el monte Sinaí y la entrega a Moisés de las tablas.

De Moisés descendemos lectores. Nuestra matriz de lectores tiene estas características: la tartamudez, la torpe lengua, la lectura de las palabras divinas (que son órdenes, reglas, normas), la destrucción del texto, la reescritura humana, pero dictada por Dios, para recuperar el texto destruido.

Tal vez Dios haya elegido a un torpe de palabras para mostrarnos en un didactismo exagerado que podremos abordar la lectura aun partiendo de la torpeza más incómoda.

Cuarenta días y cuarenta noches permaneció Moisés en el monte, se abocó a esa lectura, sin comer pan ni beber agua. En ese ensimismamiento, en la intimidad del hombre que lee hay también un signo que es propio de la lectura. Cuarenta días con sus noches leyendo sólo diez palabras: la lectura exige un tiempo lento para descifrar los signos.

Las dos veces que Dios convoca a Moisés para leer las tablas le pide que suba al Sinaí. Hay una relación entre la altura y la lectura. Se lee desde cierta altura, y también: la elevación de la lectura, de la lectura como ascensión, ciertos vuelos.

En Una historia de la lectura, ese bello libro de Alberto Manguel, el autor afirma: “Según el midrash –una colección de comentarios eruditos sobre los significados posibles de los textos sagrados, la Torá que Dios entregó a Moisés en el monte Sinaí era al mismo tiempo un texto escrito y una glosa oral. Durante los cuarenta días que Moisés pasó en el desierto antes de regresar a su gente, leía la palabra escrita de día y estudiaba el comentario oral de noche”. ¿Qué nos dicen estos comentarios eruditos?

Que la lectura de un texto nunca es pura en el sentido de que siempre está enriquecida por otras lecturas, distintas voces, interpretaciones. Los pretextos y los textos posteriores también van a desembocar en el texto madre, aumentan su caudal, cargan sus aguas. Las diversas lecturas, capa tras capa, van explorando la complejidad de las palabras y, una tras otra, todos los lectores enriquecen los signos que leemos.

No tenemos el primer texto divino, no tenemos el escrito original. Nuestro mundo se ha regido por una segunda versión mitad divina, la dicta Dios, y mitad humana, la escribe un hombre.

De la escena bíblica recibimos tal vez el legado de pronunciar todas las letras, aun en la dificultad y la angustia de la propia tartamudez que esparcimos sobre los textos.

Suele decirse que escritura y lectura son dos caras de una misma moneda. La afirmación tiene la intención de unirlas pero las presenta separadas. El relato de Moisés es rico también en el borramiento de la escisión entre lectura y escritura. Moisés sube al monte Sinaí a leer pero para leer tiene que escribir. Leer es escribir y escribir es leer. No son dos, es una única operación.

Hay un énfasis en el valor de la relectura. La reescritura humana es una operación tan poderosa que hasta puede escribir la palabra de Dios y soportar su dictado divino. Y una pregunta implícita: lo que nosotros escribimos, y en consecuencia lo que leemos, ¿nos lo dicta Dios? ¿Son nuestras palabras o es la suya? Un legado que dice también que la lectura y la escritura, aun cuando se experimente en ella fracaso y frustración, aun así, la lectura puede recuperarnos de la destrucción y rescatarnos del aniquilamiento.


Angela Pradelli (Argentina)
Publicado en Revista Ñ.
http://www.revistaenie.clarin.com/ideas/Biblia-aventura-primer-lector_0_602339777.html

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