....soy de la rosa y la mar... soy el escaramujo
(Silvio Rodríguez)

miércoles, enero 22, 2014

un texto de Diego Paszkowski


Dieciséis

A los diecisiete años, Max probó jamón de cerdo por primera vez. Fue en un bar de la avenida Federico Lacroze, en el barrio conocido como Chacarita, bastante cerca de Villa Crespo pero lejos del barrio de Once, donde cualquier hubiese podido reconocerlo. Llegó al mediodía y, rodeado de trabajadores que pedían empanadas o pizzas, de empleados de comercio que pasaban allí su hora de almuerzo, o de otros jóvenes quienes habrían abandonado la escuela o escapado de ella, pidió un sándwich especial de jamón crudo y quedo, cuando todo lo que había comido hasta entonces eran sándwiches de pastón, y jamás había mezclado carne con leche. En un mundo al que Dios había abandonado, pensaba, era inútil respetar tonterías semejantes como: “No guisaréis el cabrito con la leche de su madre”. Hizo su pedido con la loca fantasía de que el mozo le dijera algo, de que se diese cuenta, pero eso no sucedió y pronto tenía ante sí un plato con el alimento dos veces prohibido. Lo contempló largamente, con el secreto temor de que al dar el primer mordisco un rayo vengativo destruyera de pronto el local y apagara en un segundo la vida de todos los pobres inocentes que se encontraban allí. Pero eso no sucedió, ni en el primer mordisco, ni en el segundo, ni en el tercero, ni en todos los que Max debió dar para terminar su sándwich en pocos segundos. Pero entonces, como si una mano invisible le hubiera arrojado un puñetazo, Maxi sintió en el estómago un dolor de tal magnitud que lo hizo doblarse en su propia silla. O aquel jamón estaba en mal estado, o él mismo estaba en mal estado, o su fe, o en verdad Dios existía y estaba atento a todas nuestras acciones. Como pudo alcanzó el baño, un lugar inmundo-canillas que gotean, el rancio olor de las deposiciones, la pintura descascarada, tras las puertas de madera barata las leyendas políticas o procaces que se escriben en la privacidad de los baños con la impunidad de los hechos anónimos- y allí vomitó, para quedarse varios minutos en recuperarse: Max era entonces un joven sano y fuerte y, salvo en aquellas peleas iniciales con su antiguo compañero de vóley, no estaba acostumbrado a sentir dolor. Luego se lavó la cara, regresó a su mesa, y entonces volvió a pedir un sándwich especial de jamón crudo y queso, doble, con doble ración de jamón y doble ración de queso, que también debió esperar, y que también devoró en pocos segundos. Esta vez, con el estómago recién vacío, el alimento le sentó bien. ¿Y qué pasaba con Dios, entonces? ¿Dónde estaba ahora, al momento de castigarlo? No había castigo, como no lo había habido para la barbarie nazi, y como no lo había para todos los poderosos que, en el mundo, no hacían más que torturas a pobres inocentes. No había Dios.

 
Diego Paszkowski (Argentina)
Del libro Rosen, una historia judía. Editorial Sudamericana.

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