martes, abril 20, 2010

de la vida

Las hermanas peluqueras se fueron a España, 2002, pleno corralito.

Cuántos cabellos cambiaron de color por esas manos, cuántas alisaron definitivamente sus rulos y cuántas de pronto se ondularon.

Ahora las peluqueras llamaron a sus hermanos, también peluqueros. Para irse a Europa. Allí se está mejor que acá. Cuesta todo, pero finalmente se consigue.

Yo también espero que me llamen, estoy solo, y quizás pueda dejar de recorrer la calle. Aunque no sé hacer nada con las manos.


Me dice el hombre, que es el padre de los cuatro y taxista.

sábado, abril 10, 2010

un poema de Robson Ribeiro

Diarios viejos



Sirven ahora de alfombra,
tan inútiles, por el suelo,
y ya no traen consigo
un ruido
o cualquier intención duradera.

Mi única sospecha
al verlos así desparramados,
es saber dónde estaba yo,
con mis cinco
seis o no sé cuántos sentidos
que no viví ninguna cosa de esos días.


Robson Ribeiro (Brasil)
Publicado en su blog Poesia em blog
Traducido del portugués por Myriam Rozenberg

martes, abril 06, 2010

La corbata bordada






Si es verdad que una noche, enfurecido
dije que estrangularía
a una mujer porque la odiaba
también es cierto que negra es la cara de la culpa
y yo no la maté.

Lo real no es sublime
camino bajo el instante que corroe
el horror me examina con su corbata bordada
como un fantasma hecho hombre
desdoblado de algún deseo impronunciable.

Son sus manos macabras por el hueco que abrazaron
-memoria, tacto, de un cuello que amé-
me busca, me expone a un pacto que no consentí
me persigue como un perro enfurecido
para que cumpla, para que haga mi parte.

En su nombre de cinco letras reconozco a Edipo:
sueña con hacerse rey
para eso precisa la muerte de su padre.

lunes, abril 05, 2010

en el subte

Las chicas estaban sentadas en el asiento del andén, el más próximo a la parada de diarios. Uno de los muchachos que había atravesado el molinete detrás de mí, se les acercó. Quedó parado al lado. Parecían venir todos del mismo lugar, por la hora pensé que habían salido de una fábrica. Su ropa era informal, un poco gastada, no era de marca. Las chicas, eran tres, conversaban en voz baja. El muchacho las miraba con indiferencia. Yo me paré unos pasos más adelante, con el libro de Herta Muller en la mano, esperando que el subte no demorara demasiado. Luego llegó otro joven con una mochila colgada, les dio un beso a las chicas. Después como quien no quiere la cosa, se sentó sobre las piernas de una de ellas. Todos se rieron, era como un niño que buscaba refugio en el regazo de su mamá. Un nene cansado. O pensándolo bien, quizás era un avance. El intento de expresar un amor, una forma de tocar bajo el disfraz de un chiste, una caricia escondida en la carcajada. Daba la sensación de una relación relajada, ese tipo de confianza que se da entre compañeros de trabajo, a los que se les puede contar las cosas más atroces sin ponerse colorados. Cuando el subte se detuvo, los cinco entraron al vagón y se sentaron juntos, aleatoriamente: una chica, un muchacho, una chica, otra chica, el otro muchacho. Una de las chicas sacó de su bolso un reproductor de mp3 y se aisló del resto. Los cuatro se quedaron charlando. No buscaban destacarse en el vagón; no hablaban alto. Exactamente el tipo de gente que a mí me gusta. Que no alardeen, que dejen en su privacidad los temas de sus vidas. Yo no soy quién para escucharlos. Me importa más cómo se mueven, qué angustias y alegrías palpitan en sus cuerpos. Qué profundidades atraviesan. El muchacho que se había sentado sobre las piernas de la chica, había quedado en el extremo, alejado. Dejó de hablar, apoyó la cabeza en el vidrio de la ventana, cruzó los brazos, cerró los ojos y se durmió rápidamente. A partir de entonces, el mundo dejó de existir para él, ya no más fábrica, ni compañeros, ni mochilas, ni mujer deseada sobre quien sentarse. Ni siquiera mis ojos, observando.

sábado, abril 03, 2010

Hacer lo que quiere

(Fernando Montoya-Caleidoscopio)


Borrar palabras como madre
para llamarla por su nombre
como a una amiga.

No dormirá
hasta que al final se ponga triste
y diga
todo su discurso fue advertencia
tenía órdenes expresas
de repetir la historia.

No es igual
pero el azar
lo puso en la herida media
que llaman ecuador
esa fractura
donde el calor se adueña.

Así en la playa
ella se sacó las medias de red
y se acostó desnuda
para que él la viera.

Cámara en mano
filma su ternura
y en los ojos
se amontona
esa penosa inmensidad
que es la lástima.

Más de prisa
que los años que tiene
aprende que se es débil
ante los juramentos
y astillada su infancia para siempre
encontrándose
actúa.