viernes, agosto 31, 2012

agosto en lluvia

No hay nada que fascine más que la lluvia. Claro, si uno no está debajo de ella.
Si hay una ley de Murphy que se cumple, es que día que se sale sin paraguas, día que llueve.
O para los que caminan con ruedas, día que se lava el auto, piove.
Mientras, he decidido que tener un paraguas largo, negro, de hombre, es aferrarse a la seguridad.
El chiquito, multicolor, sueño del diseño gráfico, traído de una China donde la mano de obra es más que barata, rota en forma inesperada ante cualquier soplo de viento. Una olla de tela que junta agua y se menea, en eso involuciona. Hay que hacer fuerza, empujar para abajo para darle forma. Es una paradoja: para no mojarse hay que empaparse, darse de lleno con el líquido que cae a chorros desde esa ilusión de refugio. Hasta que se ladean los fierros, se parten las bisagras y es en vano seguir luchando. Al lado de la vía queda, desmoronada por el viento y la bronca, la baratija oriental.

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