martes, agosto 16, 2005

Barracas al sur


La encuentro en una esquina,
salto de cama rojo, bien potente,
imposible no mirarla,
con una bolsita de supermercado,
ajena a los problemas del mundo.
Yo me detengo en ciertas casas.
Dejo lo que el trabajo me obliga.
Y degusto ese color gris de las calles
que no desentona
con las casas de principios de siglo XX.

A veces mis ojos me piden eternizar
ese momento
y entonces saco mi cámara de fotos:
casas viejas, con rejas oxidadas por el tiempo,
nombre de constructor italiano en la fachada
y maldigo no poder atar el olor que llega del Riachuelo.

Sigo la trayectoria que me impuse
y otra vez la veo.
Sigue con sus pasos cansaditos
amputando el silencio.
Luego miro un perro callejero
husmea la basura, toma agua
que corre a la orilla del cordón de la vereda
y me sorprendo frente al templo de los masones.
Me da vergüenza sacar una foto
porque hay gente que mira
pero hace unos meses estuve en su interior:
el piano viejo, los asientos estratégicamente ubicados,
y la inscripción que recuerda al arquitecto del mundo.

Ahora regreso , voy hacia mi último punto.
Me espera nuevamente el olor a choripan
de aquella esquina
y allí está ella.
No sé si se dio cuenta que ya nos encontramos
varias veces.
Cruza la calle, viene hacia mí
me dice qué frío que hace hoy
y le contesto que sí, que hay que cuidarse.
Yo me voy y ella se aleja,
se va haciendo más pequeña.
Y me saca una sonrisa
la vieja caminando por Barracas.

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