lunes, agosto 29, 2005

pensando en A.

Es extraño porque no siempre me acuerdo de A. y sin embargo hoy ya van dos veces que pienso en ella. No fue mi amiga, pero imposible olvidarla, ibas a algún acto del Partido y ahí la encontrabas. L. era otra cosa. L. prácticamente vivía en la Federación. Una charla en un local y L. aparecía, bajita, flaquita, con sus 70 años a cuestas, y ese pelito corto platinado con flequillo, resabio de las primeras décadas del siglo pasado. G. me dijo un día que L. era la viuda de un socialista famoso, por lo menos famoso para los militantes, no para las masas que años tras años venían ignorando la lucha del Partido. No era culpa de ellos, no, algo andaba mal en el Partido porque el mensaje no llegaba. Una de las últimas veces que vi a L. fue en una charla que hizo el Lic. JMG hablando de las privatizaciones de las empresas de aviación. Era la primer época del menemismo y la gente festejaba las privatizaciones como un castigo a la ineficiencia del estado. Después sería tarde para arrepentimiento.

Pero dejemos a L. y volvamos a A. Ella formó parte del grupo de un diputado conocido. No se si él ha hecho algo por ella, me refiero a ayudarla económicamente; ella era maestra, no creo que su jubilación fuera muy buena. A. era un soldadito en las actividades partidarias y a veces uno siente a que a personajes como estos, militantes de toda la vida, nadie los reconoce demasiado. Se decía de ella que había tenido un gran amor, hombre del Partido, escritor y periodista, que nunca había dejado a su esposa y tenía con A. una relación intensa. El murió de noventa y pico de años y parece que seguían saliendo. Supongo que una relación así se sostiene con mucha conversación y mucho compromiso. Una vez leí que uno debía elegir al compañero fijándose en la conversación que se puede tener con él, porque cuando en el futuro lo físico pase a ser algo secundario, la relación se basará en el diálogo. En fin, A. vivía sola, tal vez algunos sobrinos pasaban a saludarla cada tanto.

Una vez el diputado conocido le organizó a A. una cena homenaje, fue en el comedor del Congreso, me acuerdo porque ese día me reencontré con S. Habíamos militado en juventud durante años y problemas personales de ella- y también políticos- nos habían alejado. Pero yo siempre le mandaba saludos a través de su padre, otro militante de esos de fierro. El me decía: S. anda apocada y yo me la imaginaba a ella, arrolladita en su cama, triste, dejando toda su potente verborragia a un lado. Cuando con los años volvimos a estar juntas y pasamos esa barrera de ser compañeras a convertirnos en amigas y luego a elegirnos como hermanas, supe que había sido así, ella tirada, no levantándose de la cama, dejándose estar, abandonada a su suerte. A eso le llaman depresión y cuando ella piensa lo que superó dice que no le desea a nadie ese estado, ni al peor enemigo. Y yo le creo, porque yo también pasé por tristezas profundas pero por suerte no llegué al punto de establecer en mi cama el sitio de vivir.

El día de la cena homenaje, A. encabezó la mesa larga, había un montón de compañeros que habían dejado de militar cuando integramos la Alianza, y siempre es una alegría volver a encontrarse. El diputado hizo un discurso y todos nos emocionamos porque en definitiva cuando hablan de un militante están hablando de nosotros. Pero pasó el tiempo y sólo vi a A. en el Centro Cultural San Martín, yo trabajando en la Legislatura que entonces funcionaba ahí y ella bajando de su clase de coro. No debería haberme llamado la atención pero me dije, esta mujer a sus 70 años todavía tiene ganas de hacer cosas, canta y encima no lo hace sola, ella canta en colectivo. Una conducta de vida, evidentemente, hasta en los pequeños detalles. Meses después supe que un auto le había pasado por encima, si ella cruzó mal o el auto avanzó sin pudores no es algo que cambie demasiado las cosas: ya no quedó bien para caminar y encima perdió audición ,aún si se gritaba ella ya no oía. La muerte de su pareja también la tenía deprimida. Si uno midiera el tiempo por los hechos políticos, sucedieron tantas cosas que es igual a decir que pasaron muchos años. Las internas en el Partido se hicieron más feroces y se llegó al punto de no saludarse con compañeros de toda la vida, como si en vez de adversarios ahora fuésemos enemigos. Mientras el enemigo real se paseaba muy orondo destruyendo leyes obreras, dejando millones de personas en la calle, vendiendo las joyas de la abuela y paseando en Ferrari Testarrosa. Y el Partido, como reflejo del país, se fue convirtiendo en un sálvese quien pueda.

Ya no recuerdo quién me dijo que A. vivía en un geriátrico, que sus parientes la pusieron allí porque ya no podía manejarse sola. Creo que además era fuera de la Capital. Supongo que eso la debe haber destruido, una mujer tan activa, de pronto encerrada y lejos de lo que le gustaba, no sería muy saludable para ella. Estoy pensando que tendría que preguntar en la Federación si alguien sabe más de su destino. Honestamente no sé por qué hoy, en este domingo tan gris, A. se me vino a la memoria.

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