miércoles, junio 30, 2010

un texto de Juan José Becerra

En un cuaderno escolar de tapas duras lleva notas acerca de lo que duran las cosas en el mundo, ordenadas según la curiosidad que va surgiendo con los años. En una lista siempre abierta a lo que pudiera incluirse en el futuro, y en la que puede advertirse a simple vista la evolución de una caligrafía cuyos cambios parecen dados de un modo imperceptible si se lee el cuaderno de corrido, así como los cambios son más bruscos si se compara la última anotación con la primera. Porque con la caligrafía ha cambiado también la forma de la mano que escribe, el mapa de las uñas, las curvas de los dedos y la piel que lo une a la experiencia del tacto uniendo su sistema personal al universo, o separándolo: según cómo se mire; y ya no es la misma su mirada, menos precisa ahora que antes, pero mucho más atenta, al punto de poder distinguir los cambios sutiles de su letra sin detenerse en ella demasiado, como podría distinguir cada tanto  los cambios en su rostro  mirándose  a un espejo a la pasada.

Esa letra cambiante describe la vida máxima o media de las cosas que pueden ser descriptas, cualquiera que estas sean. Los animales del mar, del aire y de la tierra, las piedras que yacen en las profundidades al abrigo del magma o en las cimas nevadas de los cerros; los plásticos  que el ambiente no degrada y el vidrio que tiempo destruye lentamente; las joyas, el sol, los arbustos del desierto, el hormigón armado, la madera. En las listas están los nombres de las cosas y la edad a la que aspiran, muchas veces por encima de lo que la naturaleza pueda darles mientras sean una presencia prescindible de su reino: mientras duren.


Juan José Becerra (Argentina)
Del libro Miles de años (fragmento)
Editorial Emecé.

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