viernes, febrero 08, 2013

ciudad interior

Cuando salió del taller por Av de Mayo pensó en que solía atravesar esa zona para llegar a sus reuniones partidarias. 

Avanzó luego por Bernardo de Irigoyen y recordó que caminaba mucho por ahí cuando venía cansada de un posgrado.

Al entrar a Suipacha y enfrentarse a tantos negocios similares, se le vino a la memoria las veces que consultó por unos buenos zapatos para bailar tango, en la época en que se la había dado por la danza ciudadana.

Así, especulando, dobló por Av. Corrientes y se acordó de las obras de teatro, del karaoke en el bar de la esquina de Maipú, de la iglesia evangelista de los coros.

Dio pasos rápidos por Florida, la calle de las disquerías y librerías de cuando era adolescente: se asombraba con los temas que ofrecía el pianista de Ricordi, escuchaba las mentiras disfónicas de los trasagables, escapaba de los llantos ficticios de los niños rumanos.

Llegó hasta Galerías Pacífico y entró por el costado, directamente al patio de comidas. Cuántas media-horas  de almuerzo con una compañera para quejarse, como era previsible, de las jefas. Sorteó los pozos del final de la peatonal para llegar a Plaza San Martín, frente a la estación de Retiro, memorias de prisa para comprar pasajes a la costa.

Tanto anduvo esa tarde que tuvo que tomarse un taxi para llegar puntual a su cita, en la que terminó concluyendo que tanto movimiento no la había llevado nunca a ninguna parte.

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