domingo, julio 11, 2010

un texto de Marguerite Duras

Un hombre.


Está de pie, mira: la playa, la mar. La mar está baja, apacible, la estación es indefinida, el tiempo, lento.

El nombre se encuentra en un camino de tablas colocado sobre la arena.

Va vestido con ropas oscuras. Puede distinguirse su rostro.

Sus ojos son claros.

No se mueve. Mira.

La mar, la playa, hay charcos, superficies aisladas de agua tranquila.

Entre el hombre que mira y la mar, siguiendo la orilla de la mar, lejos, alguien camina. Otro hombre. Va vestido con ropas oscuras. A esta distancia su rostro es indis-tinto. Camina, va, viene, va, vuelve, su recorrido es bastante largo, siempre igual.

En alguna parte de la playa, a la derecha del que mira, un movimiento luminoso: un charco se vacía, una fuente, un río, unos ríos, sin punto de reposo, alimentan el abismo de sal.

A la izquierda, una mujer con los ojos cerrados. Sentada.

El hombre que camina no mira, nada, nada que no sea la arena que tiene ante él. Su caminar es incesante, regular, lejano.

El triángulo se cierra con la mujer de los ojos cerrados. Está recostada en un muro que delimita la playa hacia su final, hacia la ciudad.

El hombre que mira se encuentra entre esa mujer y el hombre que camina por la orilla de la mar.

Debido al hombre que camina, constantemente, con una lentitud regular, el triángulo se deforma, se reforma, sin romperse nunca.

Ese hombre tiene el paso regular de un prisionero.

El día declina.

La mar, el cielo, ocupan el espacio. A lo lejos, la mar ya está oxidada por la luz oscura, al igual que el cielo.

Tres, son tres en la luz oscura, en la red de lentitud.

El hombre sigue caminando, va, viene, frente a la mar, al cielo, pero el hombre que mira se ha movido.

El deslizamiento regular del triángulo sobre sí mismo acaba:

El hombre se mueve.

Comienza a caminar.

 
Marguerite Duras (Francia)
Del libro El amor (fragmento)

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